"Daniel, el Mochuelo, recordaba con nostalgia su
última noche en el valle. Dio media vuelta en la
cama y de nuevo atisbó la cresta del Pico Rando
iluminada por los primeros rayos del Sol. Se le
estremecieron las aletillas de la nariz al percibir
una vaharada intensa a hierba húmeda y a boñiga. De
repente, se sobresaltó. Aún no se sentía movimiento
en el valle y, sin embargo, acababa de oír una voz
humana. Escuchó. La voz le llegó de nuevo,
intencionadamente amortiguada:
—¡Mochuelo!
Se arrojó de la cama, exaltado, y se asomó a la
carretera. Allí abajo, sobre el asfalto, con una
cantarilla vacía en la mano, estaba la Uca—uca. Le
brillaban los ojos de una manera extraña.
—Mochuelo, ¿sabes? Voy a La Cullera a por la leche.
No te podré decir adiós en la estación.
Daniel, el Mochuelo, al escuchar la voz grave y
dulce de la niña, notó que algo muy íntimo se le
desgarraba dentro del pecho. La niña hacía pendulear
la cacharra de la leche sin cesar de mirarle. Sus
trenzas brillaban al sol.
—Adiós, Uca—uca —dijo el Mochuelo. Y su voz tenía
unos trémolos inusitados.
—Mochuelo, ¿te acordarás de mí?
Daniel apoyó los codos en el alféizar y se sujetó la
cabeza con las manos. Le daba mucha vergüenza decir
aquello, pero era ésta su última oportunidad.
—Uca—uca... —dijo, al fin—. No dejes a la Guindilla
que te quite las pecas, ¿me oyes? ¡No quiero que te
las quite!
Y se retiró de la ventana violentamente, porque
sabía que iba a llorar y no quería que la Uca—uca le
viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una
sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino
distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró,
al fin."
(Ültimo párrafo de la novela "El camino" de Miguel Delibes)
lunes, 22 de noviembre de 2010
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